COMPARTIENDO

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE I


Quiero compartir un pequeño estudio sobre la Magia en los libros. No me refiero a libros que traten temas mágicos, ya sean de ocultismo o prestidigitación, como los grimorios, la «Filosofía Oculta» de Cornelio Agripa, los textos de magia en papiros griegos y egipcios, los de Eliphas Levi y tantos otros (aunque también); o, en otro nivel, el Necronomicón de H.P. Lovecraf. Bueno, pese a quien pese, éste nunca existió 🙂. Tampoco a esta magia que decimos de forma romántica que tienen los libros porque nos abren la mente a mundos maravillosos. No, me refiero a libros que en sí mismos son mágicos, al proceso esotérico, mágico, que ocurre cuando se escribe, lee, se toca un libro; a propiedades ocultas en determinados libros, claves que implican al contenido, al continente y cuya experiencia puede variar radicalmente de lector a lector. Me centro en el libro, no especialmente en lo que haya escrito en él, aunque a veces está relacionado: libros mágicos.
He de confesar que durante muchos muchos años he sido defensor del libro digital (PDF, ePub, Mobi), y sigo reconociendo sus múltiples ventajas «practicas» respecto a los libros físicos. He dado hasta charlas explicando las «virtudes» del libro electrónico. Pero he de reconocer, no solo que la mayoría de la gente quiere «sentir» el libro en papel, sino que, además, existen unos elementos esotéricos alrededor del libro físico (analógico) que no existen prácticamente en el digital. ¿Quién no quisiera tener una obra original firmada (tocada, impregnada) por el autor? ¿A quién no le gustaría poseer un libro que haya pertenecido a una de las grandes figuras literarias de la historia? Por ejemplo, un Maquiavelo con notas de Napoleón, un Bhagavad Gita con anotaciones de Gandhi o una Doctrina Secreta con comentarios de Einstein.
Para empezar con estas notas, voy a compartir lo que nos revela H.P. Blavatsky en «La Voz del Silencio», en el Prefacio, al explicar el origen del libro que se memorizó en el Tíbet. Nos dice: «Las siguientes páginas son entresacadas del Libro de los Preceptos de Oro, una de las obras que figuran en manos de los Estudiantes de Misticismo en Oriente […] La obra a que pertenecen los fragmentos que aquí traduzco, forma parte de aquella misma serie de la cual han sido sacadas las Estancias del Libro del Dzyan […] reclama igual origen que la gran obra mística denominada Paramârtha, la cual, según nos cuenta la leyenda de Nâgârjuna, fue entregada al Arhat por los Nagas o «serpientes» (título que se daba a los antiguos iniciados) […] Los Preceptos originales están grabados en delgadas placas cuadrangulares, muchas de las copias lo están en discos […]». Hay quien dice, incluso, que el libro del Dzyan original no pertenece a nuestro mundo.
Blavatsky añade en La Doctrina Secreta: «Los primeros volúmenes de los Comentarios son de antigüedad incalculable». Si los «Comentarios» son de antigüedad incalculable, ¿qué decir del propio libro de Dzyan? H.P.B. explica en los párrafos siguientes que la lengua original es Senzar, con «varios sistemas de escritura cifrada», semejante al método «Lug» tibetano, que «consiste en el empleo de los números y colores», además de usar «los símbolos y signos usados en astrología», esto es, «los doce animales del Zodiaco y los siete colores primarios». Recordemos que lo mismo ocurre con los jeroglíficos egipcios. Y he aquí lo interesante para este escrito: «El método más fácil [de leer los textos], sin embargo, es aquel que permite al lector no emplear ninguna lengua especial, o emplear la que más le plaza, puesto que los signos y símbolos eran, como los guarismos o números arábigos, propiedad común e internacional entre los mismos iniciados y sus discípulos. La misma peculiaridad es característica de una de las formas de escritura china, ‹la cual puede ser leída con igual facilidad por cualquiera que conozca los caracteres›; por ejemplo, un japonés puede leerla en su propia lengua tan fácilmente como un chino en la suya». El libro del Dzyan es uno de esos libros mágicos.
En La Doctrina Secreta nos añade Blavatsky en nota al pie: «El material original no es más que un pequeño folleto, pero las explicaciones y notas de los Comentarios y Glosarios pueden ser escritas en diez volúmenes tan grandes como Isis sin Velo».
Seguiremos…

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE II

Comparto un cuento infantil de mi autoría pero, a la vez, lleno de Conocimiento Esotérico, relacionado con el tema de los libros mágicos. Desde la invocación que utilizan los niños (extraída de La Doctrina Secreta de Blavatsky) hasta los libros mágicos que aparecen, tienen un trasfondo real, o dentro de lo que permite la imaginación 🙂 Por cierto, muy recomendable para leer/contar a vuestros hijos. Yo inventé este cuento para mi hijo Héctor, los nombres de los otros niños los eligió él de sus amiguitos de clase.
EL RATÓN DE BIBLIOTECA
José Rubio Sánchez

Érase una vez un niño, llamado Héctor, que llevaba a sus amiguitos Cristina, Paula y Juanjo a enseñarles un lugar que había descubierto. Iban por las calles de la ciudad, a la caída de la tarde, sumergiéndose en el barrio viejo, rodeados de casas de principios del siglo XIX e incluso más antiguas. Después de mucho caminar y de dar vueltas y vueltas, llegaron a una calle que no tenía salida. Estaba repleta de cajas de cartón, papeles y tablones de madera. 
–¿Dónde nos has traído? –preguntó una de las niñas, preocupada–, aquí no hay nada, sólo basura. 
–Tranquila, Cristina –contestó Héctor intentando calmarla mientras movía unas maderas y apartaba unas cajas grandes de cartón–, aquí está. 
Señaló una puerta pequeña, de su estatura, que pasaba desapercibida. 
–¡Qué curioso! –exclamó Juanjo–, es una puerta para niños, por ahí no pueden pasar nuestros papás, si no se agachan, claro. 
–Así es –afirmó Héctor–. Es un lugar secreto y sólo os dejaré entrar si no se lo contáis a nadie. 
Sus compañeros levantaron la mano derecha y dijeron a la vez: «Lo prometemos». 
–Está bien –condescendió Héctor–, y ahora, tapaos los oídos. 
–¿Por qué? –preguntó Paula que era un poco quisquillosa–, yo no quiero. 
–Porque para abrir esta puerta hay que pronunciar una palabra mágica –aclaró el niño–, y sólo con ella se abre. 
¬–Bueno –aceptó Cristina–, nos taparemos todos los oídos. 
Eso hicieron. Se llevaron las manos a las orejas y Héctor pronunció, muy solemne, las palabras mágicas: «OEAOHOO». Siguieron unos instantes de silencio y al fin la puerta se abrió sola, asombrando a los niños.
Entraron muy despacio, con un poco de miedo, y cuando Juanjo, que era el último, terminó de pasar, la puerta se cerró detrás de ellos de la misma manera que se había abierto, pero dando un portazo que les hizo pegar un salto del susto. Claro, todos menos Héctor, que ya conocía el misterioso lugar. 
Miraron alrededor. Desde donde se encontraban se veían unas escaleras que bajaban envueltas en tinieblas. Se cogieron de la mano y descendieron unos cuantos escalones, escuchando los crujidos de la madera carcomida por las termitas, con el corazón en un puño, hasta que llegaron al lado de una mesa donde descansaba una lámpara de aceite, de esas antiguas que se encienden con una mecha. 
Héctor cogió unas cerillas situadas al lado de la lámpara y la encendió. La levantó despacio, para asombrar a sus amigos, mostrando a sus embobados compañeros un panorama increíble. Hasta donde llegaba la vista, iluminado pobremente con la luz del candil, aquel sótano se extendía metros y metros, kilómetros quizá, y en él se levantaban, tan altas como edificios, miles de estanterías repletas de libros. ¡Qué espectáculo! Era una Biblioteca, la más grande que los niños habían visto jamás, escondida debajo de las casas de la ciudad, en el barrio viejo, olvidada.
Después del primer impacto de asombro, la quisquillosa Paula exclamó: 
–Vaya, si es una biblioteca. Una biblioteca gigante, sí, pero una biblioteca al fin y al cabo. ¿Para esto nos has traído, Héctor? ¿Por ver un puñado de libros tendré que aguantar mañana una regañina de mi madre? 
–No –contestó el niño–, no son libros. Bueno, sí son libros, pero son libros muy especiales, son libros… mágicos. 
–¿Libros mágicos? –preguntó Juanjo–, ¡bah!, no me lo creo. 
–Sí –repitió Héctor–, tenéis que ver quién los cuida. 
–¿Es un niño? –preguntó Paula. 
–¿Un anciano? –preguntó Cristina. 
–Será un gnomo –concluyó Juanjo con sorna. 
–No, nada de eso –exclamó Héctor–, ya veréis, no os lo podéis ni imaginar. Mirad, por allí viene.
Mientras hablaban, habían descendido hasta la parte más baja de la biblioteca. Desde allí observaban cómo se alzaban hacia lo alto miles y miles de estanterías, semejantes a rascacielos. Por eso no entendieron por que Héctor señalaba hacia arriba, cuando esperaban que alguien apareciese delante de ellos. Pero entonces lo vieron, en lo alto. 
Entre los pasillos formados por las hileras de madera, una pequeña figura se acercaba, y, ¡oh sorpresa!, ¡caminando por el aire! Pero eso no fue lo más impactante, lo más increíble fue que… ¡era un ratón!, un ratón que caminaba erguido sobre las patas traseras, con un libro en las de delante, y unas gafas tan grandes como su cabeza. 
–¡Un ratón! –gritaron los niños–, no es posible. 
–Sí lo es –afirmó Héctor orgulloso de deslumbrar a sus amigos–, pero un ratón muy especial. Os lo presentaré, se llama Anselmo.
El ratón llegó hasta ellos, tranquilo, avanzando por el aire como si fuera lo más normal del mundo. Al distinguir a Héctor una sonrisa iluminó su cara. 
–¡Oh!, Héctor, querido amigo, cuánto tiempo. Has vuelto a mi biblioteca. Vaya, y no vienes solo. ¡Qué niños más simpáticos! ¿Son tus amigos?
–Sí –respondió el muchacho–, son amigos de clase, pero puedes estar tranquilo, guardarán el secreto, no le contarán nada a nadie, ¿verdad, chicos? 
Pero los «chicos» estaban mudos de asombro contemplando al ratón, que caminaba alrededor de ellos observándolos detenidamente. 
–Por supuesto –atinó a contestar Cristina, tartamudeando–, no-no se-lo-dire-dire-mos a na-na-die, to-total, qui-quien nos iba a-a cre-er. 
–Tampoco conocen la palabra mágica –añadió Héctor. 
–Vaya, vaya –dijo el ratón fingiéndose un poco enfadado–, entonces no los tendré que matar…
–¡¿Qué?! –gritó Paula, dando un paso hacia atrás–, ¿matar?
–¡Es una broma! –aclaró el ratón mientras se reía a carcajadas revolviéndose por el aire–. ¡Estos niños! Tonta, era una broma.
Después de un rato dedicado a las necesarias presentaciones, el ratón Anselmo les habló de los libros: 
–Pues es verdad, niños, éstos son libros mágicos, como bien os ha contado Héctor.
–¿Todos? –preguntó Juanjo escéptico. 
–Todos y cada uno. Los hemos ido reuniendo generación tras generación, poco a poco, desde hace miles de años, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo, mi tatatarabuelo, mi tatatatarabuelo. Los hemos escogido uno a uno, precisamente por sus propiedades mágicas. 
–Pero, y tú, ¿cuantos años tienes? –preguntó Paula, asombrada. 
–700 años, niña, algunos más que tú, ¡eh! Pero calla y escucha. No sólo hay libros que hablan de magia, esos los tiene cualquiera, ¡no!, ¡no!, ¡no!, queridos niños, la mayoría son libros mágicos, ellos «son» mágicos. 
–¿Qué quieres decir? –preguntó Juanjo deseando saber más. 
–Mirad, por ejemplo… éste. 
El ratón pegó un salto y se elevó cuatro metros por encima de donde estaban. Cogió un libro de lomo dorado, que parecía estar un poco quemado y volvió a descender. Se lo enseñó a Juanjo y a los demás niños. 
–Este volumen lo recogió uno de mis antepasados de la Biblioteca de Alejandría, cuando fue incendiada en la época de Cleopatra, lo salvó por los pelos, y nunca mejor dicho, porque salió chamuscado. Vamos a ver… 
El ratón, más pequeño que el libro, lo abrió con dificultad por una página, elegida al azar, y se la mostró a los críos. 
–Observad, observad. 
Héctor, Cristina, Paula y Juanjo acercaron sus rostros al abrasado libro y no vieron nada especial. Las páginas amarillentas, la tinta negra, el estilo manuscrito en caracteres griegos, una imagen del cuerpo humano, y nada más. 
–Me parece que no hay mucho mágico aquí –exclamó Paula, siempre incordiando–, es un libro como otro cualquiera, diría yo.
–Ya, ya –concedió el ratón travieso–. Dime, ¿qué página estás viendo?
–Pues la trescientos tres. 
–Muy bien, ahora volvamos a mirar. 
El ratón cerró el libro y le pidió a Juanjo que hiciese los honores. 
–Tú, que tienes cara de listo, abre otra vez el libro por la página 303. 
Juanjo obedeció divertido, le había gustado lo de «cara de listo». Cogió el volumen y lo abrió pasando las hojas hasta detenerse en la trescientos tres. 
–Ahora volved a mirar su contenido, recordareis que había una imagen del cuerpo humano. 
Los niños se quedaron de piedra. Era la página trescientos tres, pero el texto había cambiado. No era griego, sino jeroglífico egipcio, y no estaba la imagen del cuerpo humano, sino otra representando el obelisco de un templo. 
–Cerrad el libro otra vez y volved a abrirlo –insistió de nuevo el ratón, sonriendo. 
Los niños obedecieron. Esta vez la página trescientos tres estaba de nuevo en griego, pero no había imágenes. Así, abrieron y abrieron el libro muchas veces, y en cada ocasión la pagina 303 era distinta, y lo mismo ocurría con las otras páginas del libro. 
–¿Qué? –interrogó Anselmo–. ¿Qué os he dicho? Éste es un libro mágico.
Fascinados, lo niños pidieron que les enseñara más. El ratón accedió y, volando a otro punto de las estanterías, cogió y trajo otro libro. 
–Mirad, éste es uno de los libros mágicos más importantes que tengo. 
Todos lo miraron expectantes. Cuando Héctor lo abrió cumpliendo el deseo de su amigo, observaron que las páginas estaban vacías: ¡no había nada escrito en ellas!, en ninguna. Los muchachos miraron al ratón y se rieron. 
–¡Es una broma!, ¿verdad, ratón travieso?
–Oh, no, nunca gastaría yo una broma con cosas tan serias. Espera, haz una pregunta. Tú, Cristina. 
–¿Qué?, ¿yo? No sé, ¿como que haga una pregunta?
–Los niños siempre estáis preguntando.
–Pues, no sé… A ver, ¿cuál es la distancia de aquí a la Luna?
–¡Muy bien!, muy bien –exclamó el ratón excitado–. Ahora abre el libro. 
Cristina abrió el libro con mucho cuidado y contempló pasmada cómo en la página derecha, al principio totalmente en blanco, se iban escribiendo palabras y frases, en perfecto castellano, contestando a la pregunta: «la respuesta a su precisa pregunta tiene distintas respuestas, pues la Luna orbita alrededor de la Tierra trazando una elipse, por lo que la distancia es distinta según el punto de la misma que tomemos de referencia. Pero se podría considerar aceptable la cifra de 384.400 kilómetros». 
–¡Qué chulada de libro! –gritó Juanjo–, yo quiero uno así. ¿Se le puede preguntar cualquier cosa?
–Por supuesto –contestó el bibliotecario cerrando el libro y alejándolo de los niños y de la mirada avariciosa de Juanjo–, pero es mío y nunca saldrá de aquí. No sólo cuido los libros, los protejo de aquellos que los puedan usar mal. Si queréis os enseño otros.
El ratón les enseñó otro libro, escrito con letras de oro que brillaban con destellos como si tuvieran vida propia, que se leía a sí mismo en el idioma del que lo tenía en las manos y, además, cuando lo cerrabas se despedía: «Agradecido de haberle servido, señor, muy buenas noches, hasta la próxima». Otro sólo tenía escrito un párrafo en la primera hoja, y cuando lo leías te preguntaba sobre lo leído; si respondías correctamente escribía otro, pero si no, no escribía más, esperando la respuesta correcta. Otro emanaba perfumes y acompañaba la lectura con música. Otro tenía imágenes que en realidad eran puertas a otros mundos; «imágenes-ventana», las llamó Anselmo; «peligrosas», les advirtió, porque algunos ya se habían caído por ellas y nunca más regresaron. Otros estaban llenos de imágenes que se movían por sí mismas representando la vida cotidiana de países ya desaparecidos, como si fueran películas. Otros, en fin, se mantenían flotando en el aire y ellos solos pasaban las paginas cuando llegabas al final de la hoja. En aquella Biblioteca Maravillosa reposaban miles y miles de libros, a cuál más mágico, custodiados por un ratón que parecía haber salido del País de Alicia.
Mientras se movían entre las estanterías sin fin, asombrándose cada vez más por los nuevos descubrimientos, observaron que al fondo de un largo pasillo, una puerta gigante, forrada de hierro con goznes soldados a un marco de acero y con numerosas cerraduras, candados y argollas, parecía moverse como si alguien la golpease desde dentro queriendo salir; y por la estrecha rendija que se apreciaba en el suelo, surgían luces de colores que bailaban a los sones de una danza diabólica. 
–¿Qué hay ahí? –preguntó Juanjo–, sólo de mirar esa puerta tengo miedo. 
–Es verdad –añadió Paula–, yo ya estoy temblando. ¿Qué hay tras esa puerta?
El ratón de biblioteca, también asustado, les explicó: 
–¡Oh!, niños, esa puerta debe estar siempre cerrada, porque en esa habitación encierro los libros de magia negra, libros terribles que nadie debería leer, que cuentan malignos secretos; libros que vuelven locos a sus poseedores o que incluso los devoran, libros llenos de monstruos que pugnan por salir de sus páginas y que, a veces, lo consiguen. Unos son de dragones y hay que abrirlos con cuidado, porque te pueden lanzar fuego. Otros te golpean en la cabeza, o se abren intentando darte mordiscos. Gracias a que están ahí encerrados no hacen daño al mundo. Pero será mejor que olvidéis esto. No puedo deciros nada más. Me parece que ya es un poco tarde para unos niños pequeños como vosotros, ya deberíais estar en casa, ¿no es cierto?
Es verdad –reconocieron los niños recordando que ya era tarde cuando habían llegado, y que lo sería mucho más. Les esperaba una buena regañina en casa. 
–Bueno, nos vamos, Anselmo, pero ¿pueden volver mis amigos? –preguntó Héctor. 
–Claro, claro, los amigos de Héctor son mis amigos. El próximo día os enseñaré un libro que cuenta cuentos. Adiós. 
–Hasta la próxima.
Había pasado una semana cuando los tres amigos de Héctor: Cristina, Paula y Juanjo, se acercaron para preguntarle si podían volver a la Biblioteca de las Maravillas. 
–¿Podemos ir esta tarde? –le rogó Cristina–, me apetece ver a Anselmo, es muy gracioso. 
–Y yo quiero ver más libros mágicos –añadió Paula. 
–Sí, todos queremos volver, pero no sabemos ir solos ni conocemos la palabra mágica –concluyó Juanjo. 
–Está bien –cedió Héctor–, iremos esta tarde. Yo también tengo ganas de ver a mi amigo Anselmo, el ratón de biblioteca.
Dicho y hecho, después del colé, ya de noche porque estaban en invierno, volvieron a recorrer el barrio viejo de la ciudad hasta llegar al callejón lleno de cartones. Detrás de éstos, como la primera vez, se ocultaba la pequeña puerta, y de nuevo Héctor pronunció la palabra mágica: «OEAOHOO», pero esta vez dejó que la oyeran sus amigos. 
–Vaya palabreja –gruñó Paula–, ¿no es mejor: ¡ábrete sésamo!? 
La puerta se abrió sola, como por arte de magia, y los niños se adentraron en la oscuridad, dirigiéndose a la mesita donde reposaba el candil. Lo encendieron y bajaron las escaleras llamando al ratón: 
–¡Anselmo! ¡Anselmo!, estamos aquí, somos tus amigos, ¿dónde estás?
Anselmo no aparecía, lo cual les inquieto bastante, pero, además, por el suelo se amontonaban los libros de magia caídos de las estanterías, desparramados por todos lados como si hubiese pasado un huracán. Para más desasosiego, los niños descubrieron algo que les puso la piel de gallina: al fondo del pasillo central, la puerta metálica cerrada con grilletes y candados… ¡estaba abierta! ¿¡Cómo era posible!? Anselmo les había contado lo que se encerraba tras ella y había insistido en que no se debía abrir. ¿Qué había ocurrido en la Biblioteca de las Maravillas? ¿Dónde estaba Anselmo? ¿Por qué estaba abierta la puerta prohibida? ¿Por qué los gatos tienen siete vidas? ¿Por qué están tan buenos los huevos Kinder? Misterios.
Entonces, casi imperceptibles en la vasta sala, oyeron los gemidos del ratón. Estaba llorando en un rincón, tiritando de frío y de miedo. Los niños corrieron hasta él, le interrogaron por lo sucedido, pero éste no tenía ni aliento para respirar. Héctor lo cogió delicadamente y lo puso en la palma de la mano, tan pequeño era el ratón, y volvió a preguntarle. 
–Se me ha escapado un libro –pudo decir el pobre Anselmo entrecortadamente–. Se me ha… escapado… un libro. 
Levantando la vista, vio que la puerta que cerraba la habitación maldita seguía abierta. 
–¡La puerta! –grito levantándose con dificultad–, la puerta… está abierta. ¡Rápido!, ¡por amor de Dios!, todavía no se han dado cuenta, hay que cerrarla –y corrió hasta ella, empujando la hoja metálica con sus pequeñas patitas pero con fuerza inusitada. 
Los niños corrieron a ayudarle mientras oían ruidos extraños en el interior.
–¡Rápido!, ¡rápido! –gritó Anselmo–, que se escapan, ¡rápido! 
Con gran esfuerzo, los muchachos lograron cerrar la pesada puerta, mientras que algo o alguien golpeaba su dura superficie.
–¿Qué ha pasado aquí? –le preguntaron cuando logró calmarse. 
–Hace un rato tuve que entrar dentro de la sala de libros prohibidos, para dejar uno muy peligroso que había encontrado en una ciudad de Arabia, la Ciudad sin Nombre, escrito con sangre humana por el árabe loco Abdul Alzaret. Se llama el Necronomicón. Normalmente abro la puerta unos centímetros, entro rápidamente y la cierro para no darles tiempo a escaparse, y lo mismo hago al salir, después de dejar el libro en su estantería. Pero, esta vez… –Anselmo lloraba–, me descuidé, ¡me descuidé! y dejé abierta la puerta. Entonces varios libros escaparon, la mayoría no son peligrosos, pero hay uno que es terrible. 
–Pero –preguntó un poco asustada Cristina–, ¿de qué era ese libro?
Anselmo le contestó: 
–Es un libro de monstruos. Tiene el poder de dejarlos salir cuando lo abres y hojeas. Tengo miedo, porque si alguien coge ese libro y lo abre, el mundo se puede llenar de monstruos horripilantes. 
Héctor propuso que buscasen el libro, pero Anselmo lo desanimó. 
–Eso va a ser imposible, mira cómo está todo. Me va a llevar años poner los libros en su lugar. Además, debéis saber algo, ésta es la Biblioteca de las Maravillas, y no sólo porque reposen libros mágicos, sino también porque todos los días, a las doce de la noche, los libros cambian de sitio, salen de sus ubicaciones y vuelan hasta otras nuevas, colocándose al lado de otros volúmenes; así aprenden. 
–¿¡Quéeee!? –exclamaron los niños. 
–Os parecerá cosa de magia, pero ya sabéis dónde estáis. Pues eso, a las doce los libros se mueven, cambian de sitio y se colocan en otras estanterías, así que el libro de los monstruos está ahora camuflado entre los otros miles y miles de la biblioteca, y nunca lo encontraremos –gimió de nuevo.
–No importa, Anselmo –repitió Héctor–, tenemos que intentarlo. ¿Verdad, chicos?
–Claro que sí –contestaron sus amigos. 
Se pusieron manos a la obra, mirando uno a uno los numerosos libros, leyendo el título en los lomos o en las tapas, pues no debían abrirlos. 
Observaron y cotejaron volúmenes y más volúmenes, pero aquello era interminable. El tiempo pasaba y pasaba, hasta que se hicieron las doce de la noche. Cuando empezaron a oír las campanas de una lejana iglesia, tal y como había dicho el ratón, los libros comenzaron a moverse y a saltar de estantería en estantería, colocándose en lugares distintos. Los niños se maravillaron, aún sabiendo lo que iba a ocurrir. Qué espectáculo ver volar por los aires miles de obras, chocando algunas y cayendo al suelo, para levantarse después buscando un hueco. Aquellos libros de magia estaban realmente vivos, y con sus desplazamientos era imposible encontrar nada. Necesitaban más de veinticuatro horas seguidas para lograr recuperar el libro de monstruos. Pero si cada noche, a las doce, cambiaban de lugar… parecía una tarea imposible.
Entonces los niños se sentaron en las escaleras, entristecidos. Miraron al ratón que caminaba de un lado a otro en una estrecha estantería vacía, y se preguntaron mutuamente qué hacer; debía haber alguna solución. Cada uno proponía una idea, y luego miraba a Anselmo buscando su conformidad, pero el ratón bibliotecario movía la cabeza de un lado a otro rechazándolas todas. Así estuvieron un buen rato, mientras los libros volaban por encima de sus cabezas… Entonces algo terrible ocurrió a sus espaldas.
Imperceptiblemente, el libro de monstruos se había colocado astutamente cerca de Paula. La niña, inconsciente, iba cogiendo libros y los abría, dejándolos caer casi sin mirarlos al tiempo que cogía otro. De ese modo se colocó aquel libro maldito al alcance de la chiquilla, y ésta, distraídamente, lo abrió por una página al azar, con tan mala suerte que de ella salió un monstruo horrible, la cosa más fea que habían visto en su vida, más horrible que ninguno de los monstruos vistos en televisión o el cine, que Frankenstein, que Alien, que cualquiera de Monster Inc., produciendo horrendos sonidos que les puso los pelos de punta.
Saltaron asustados fuera de las escaleras y huyeron despavoridos, pensando que el monstruo se los comería, pero éste tenía otras intenciones. Los dejó ir y, dando media vuelta, se dirigió a otro lugar. 
–¿Qué hace? –preguntó Héctor al ratón–, ¿adónde va?
–Creo que lo sé. ¡Por el dios de los Roedores!, se dirige a la sala de los libros prohibidos. ¡Quiere abrir la puerta! ¡Hay que detenerlo!
Salieron corriendo detrás del astuto monstruo. Estaban muertos de miedo, pero no podían permitir que aquel ser abriese la puerta, de la que ya había descorrido tres de los ocho cerrojos. Los niños llegaron hasta la terrible bestia y la golpearon con sus pequeñas manos, mientras se escuchaba en el interior de la sala un gran alboroto, el estrépito de miles de libros queriendo salir, alentando al monstruo a que cumpliese su malévolo plan. 
La situación era desesperada. Aquel ser endemoniado, más voluminoso que los chiquillos y el ratón juntos, con una fuerza asombrosa, quitaba los candados y descorría uno a uno los cerrojos, mientras Paula le mordía en uno de sus seis brazos, Juanjo le pegaba patadas en lo que creía era su culo y Cristina se subía por las rugosidades de la espalda pretendiendo morderle uno de sus múltiples tentáculos acabados en ojos. Era imposible. La bestia se deshacía de ellos lanzándolos por el largo pasillo, pero aunque volvían a la carga, el ser volvió a zafarse de ellos. Además, el estruendo producido por los compañeros del monstruo del otro lado era ensordecedor, y aturdía a los niños. 
Entonces Héctor tuvo una idea, ¿no había un libro con ventanas a otros mundos, que si alguien tocaba una imagen era tragado por ella? Sí, tal vez ésa era su única posibilidad. Héctor gritó al ratón la idea. Si conseguían que una parte cualquiera del monstruo tocase la imagen-ventana, sería absorbido y se librarían de él. 
Decididos con el plan, Anselmo, que podía caminar por el aire y moverse con gran velocidad, empezó a buscar el deseado libro, recordaba perfectamente su forma y color. Mientras él lo buscaba, sus amigos siguieron peleando contra el monstruo, dándole patadas, mordiscos, clavándole las uñas y poco más, pero impidiendo con sus actos desesperados que abriese todos los cerrojos. 
Justo cuando llegaba a la última cerradura y los niños no podían hacer nada más, cansados y llenos de arañazos, Anselmo encontró el libro de las imágenes-ventana. Con nerviosismo y precipitación buscó una que llevase a un mundo deshabitado, y cuando la encontró tocó con ella a la bestia demoníaca, que fue absorbida mientras gritaba desesperadamente, pronunciado sonidos terribles que nunca olvidarían. 
Así, el monstruo desapareció dentro del libro de las imágenes-ventana, y Anselmo, por si acaso, lo metió en un arcón y lo cerró con llave. Obstruyó también los pasadores de la puerta prohibida y todos respiraron por fin, tumbándose en el suelo, cansados pero contentos de haber salvado al mundo de una invasión de monstruos terroríficos. 
Mientras los murmullos de los libros malos se apagaban, Paula riñó al ratón bibliotecario: 
–Anselmo, por lo que más quieras, nunca más vuelvas a despistarte, «nunnnca» más. ¿De acuerdo?
–Es verdad, respondió Anselmo, no lo haré «nunnnnnca» más.
Y así acabó esta historia, la primera de otras muchas que vivieron en la Biblioteca de las Maravillas, donde cada libro era una sorpresa, donde las historias de fantasía se mezclaban con las de misterio, magia o terror, donde los niños aprendieron muchísimo, gracias a las generaciones de ratones de biblioteca que habían reunido en aquella sala inmensa la Sabiduría de las Edades.

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LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE III-I

Comparto –para esta serie de artículos relacionados con la Magia en los Libros–, la confesión de Mabel Collins, una de las escritoras más influyentes de los primeros tiempos de la Sociedad Teosófica, sobre cómo «escribió» dos de las obras más «inspiradas» (nunca mejor dicho), e influyentes de la literatura Teosófica: Luz en el el Sendero, y la novela esotérica: El Idilio del Loto Blanco.

COMO FUE ESCRITO EL «IDILIO DEL LOTO BLANCO»

Dos de las perlas del joyel teosófico que tantas otras contiene, son los libri­tos así denominados; fueron publicados hace unos veinticinco años el primero [1890], y poco menos el segundo [1885]. Su autora, o al menos la persona que los sacó a la luz, era una joven inglesa, Miss Mabel Collins, llamada después Mme. Cook, pero más conocida en el mundo de las letras con su nombre de soltera; ella forma también parte del movimiento teosófico.

Desde la aparición de estos libros corrió el rumor de que habían sido obte­nidos por las vías ocultas, que la misma Mabel Collins no pretendía haber sido más que la copista, y que había sido ayudada por uno de los Maestros de Sabi­duría que, sin ser de los fundadores invisibles de la Sociedad Teosófica, se inte­resa en este movimiento [Hilarion]. En 1904, y a instancia de Mr. A.P. Sinnett, Vicepresi­dente de la S.T. y director del periódico Broad Views, de Londres, expuso Mabel Collins en un artículo titulado «Algunas experiencias psíquicas», cómo había podido producir algunas de las obras especiales, a las que había puesto su firma, y he aquí la parte de su relato concerniente al Idilio del Loto blanco y Luz en el Sendero, que hemos extraído del artículo de Mayo de 1904 de Broad Views y que insertamos bajo el mismo título del artículo original.
La Dirección

Relato de Mabel Collins

Yo habitaba en la Adelfa, de Londres, una casa situada en las orillas del Támesis, cuando el Obelisco llamado «La aguja de Cleopatra» fué transportado por esta vía fluvial primitiva y eri­gido sobre el muelle. Fué colocado precisamente debajo de mis ventanas, y desde el principio apercibí en su interior una cabeza, que pronto descubrí no era visible para los demás. Era una cabe­za egipcia llena de poder y voluntad y de una vida intensa. El efecto era muy extraño, porque su anchura era la misma que la del Obelisco, de suerte que concebí la idea de un sér aprisionado, demasiado grande para el espacio donde estaba encerrado. No quise investigar la explicación de este fenómeno, y solamente puedo afirmar que jamás vi el Obelisco sin ver la cabeza. Algu­na vez sus ojos estaban cerrados y el rostro expresaba la pro­funda calma egipcia, pero las más de las veces sus ojos estaban abiertos y arrojaban aquí y allá una mirada insondable.

En seguida de la llegada del Obelisco percibí una procesión de sacerdotes con vestiduras blancas que se dirigían hacia la puerta de mi casa, subían la escalera, y penetrando en el cuarto donde yo me encontraba, se agrupaban a mi alrededor. Esta visión se repitió constantemente los días siguientes, y acabé por acostum­brarme a la claridad de las blancas vestiduras en medio de la obscuridad que flota generalmente sobre este barrio de Londres.

Trabajaba yo entonces en una novela y escribía sin cesar. Mi cuñada, que vivía conmigo, hallábase también siempre inclinada sobre algún dibujo que la tenía igualmente ocupada. Trabajába­mos generalmente en la misma mesa; ella a un lado con su tablero de dibujo y yo al otro escribiendo, según mi costumbre habitual, muy de prisa y arrojando las cuartillas a un lado sin tomarme la molestia de secar la tinta. Un día estábamos asi trabajando, cuando vi las filas de sacerdotes penetrar por la puerta de la ha­bitación. Los examiné un instante mientras se agrupaban a mi alrededor como de costumbre, y volví a mi escritura porque mi tiempo estaba contado y no podía desperdiciar un instante para mirar este maravilloso cortejo de sacerdotes egipcios con sus ros­tros tranquilos y graves y sus hermosos trajes de un blanco des­lumbrador. Ya se los había descrito frecuentemente a mi cuñada, así que no me interrumpí ni siquiera para hablarla de la pre­sencia de ellos, y continué escribiendo activamente. Ella me mi­raba con frecuencia y notó un cambio en mi semblante: vióme rígida y como cambiada en piedra –según su expresión–; mis ojos estaban casi cerrados, pero seguía escribiendo, entonces con más rapidez que nunca, y ella continuaba expiándome mientras yo arrojaba a un lado mis cuartillas, unas tras otras, con la tinta aún fresca. Esto duró largo rato; al fin abrí los ojos y dejé caer mi pluma. Estaba muy fatigada, pero ignoraba absolutamente haber estado inconsciente o fuera de mi cuerpo. Mi cuñada nada me dijo, pero observándome tranquilamente, vióme tomar una hoja de mi manuscrito. Después que la hube examinado me di cuenta con gran extrañeza que no era, como yo creía, una pá­gina de mi novela, sino otra cosa que desconocía por completo. Recogí sucesivamente todas las cuartillas, contemplándolas con igual asombro, y pude apreciar que tenía en mi mano, completos, el Prólogo y el primer capítulo del Idilio del Loto blanco.

Mi cuñada partió de este mundo y no puede ya confirmar el suceso, pero habló de él muchas veces á su familia, la cual está al corriente de todos sus detalles. Para mi, esta fué una mara­villosa experiencia, porque jamás hasta entonces me había yo alejado de mi cuerpo, para que otra inteligencia tuviese la liber­tad de servirse de mi mano y de mi pluma, sin que yo estuviese presente –si cabe esta expresión–. De tiempo en tiempo, des­pués de lo relatado, la experiencia volvió a repetirse, pero nunca estuve tan completamente ausente de la escena, como en el pri­mer caso, y los siete capítulos del Idilio fueron acabados de esta manera.

La escritura era enteramente automática; no tenía conciencia de ninguna de las palabras que escribía, pues yo leía después mis cuartillas, como si hubieran sido escritas por otra persona. Cuando terminó el capítulo séptimo, los sacerdotes cesaron de visitarme; aunque deseaba vivamente completar el manuscrito, no pude obtener una palabra más, y en tal estado permaneció durante siete años. A medida que transcurría este tiempo, crecían mi inquietud y mi temor de perder el fragmento que me había sido dado, porque estaba convencida de que ésta era una parte de un conjunto que me sería completado en su día. Con la inten­ción de dar el fragmento a la publicidad poniéndolo así al abri­go de la destrucción, fué por lo que me decidí á insertarlo en una colección de cortas historias titulada «Telas de araña», publica­da en 1882. Dicho fragmento había sido escrito en 1878, y repito que ningún esfuerzo de mi parte habíame permitido añadirle ni una sola frase. Para ofrecer alguna apariencia de explicación a los lectores, corrientes de ficciones, añadía al principio, que éste era un fragmento encontrado en una pirámide, y al final «el ma­nuscrito desgraciadamente termina aquí». Esto es lo que dió na­cimiento a la leyenda, que yo misma he oído afirmar como un hecho, de que el manuscrito había sido encontrado por mí en la forma mencionada.

Seis o siete años más tarde (1884 al 85), durante una larga en­fermedad y en medio de profundas penas, cuando ya casi había olvidado el maravilloso escrito, se continuó la obra por el miste­rioso poder exterior que anteriormente me había elegido como instrumento, y fué entonces acabada de la misma manera que los siete primeros capítulos, sin que yo tuviera conciencia de una sola palabra antes de leer las cuartillas, esto es, como si hu­biera sido la obra de otra persona.

Entre mis propias experiencias es este el único ejemplo de un manuscrito producido de dicha manera, en que mi intervención fué completamente automática.
Mabel Collins (Traducción de Vicente Cirujeda)

(De la Revue Theosophique Francaise, Le Lotus Bleu, Abril de 1911.)
Extraído de la revista «Sophia», Agosto 1913

El Idilio del Loto Blanco (pdf gratis)

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE III-II

Sigo compartiendo –para esta serie de artículos relacionados con la Magia de los Libros–, la confesión de Mabel Collins, en esta ocasión sobre: Luz en el el Sendero
LUZ EN EL SENDERO
Las circunstancias concernientes a Luz en el Sendero son del todo diferentes. Obtenido después de gran pena y sufrimiento, fué en gran parte el resultado de mi propio esfuerzo. Mi cuñada, que vivía conmigo, se asoció entonces a mi tentativa para obtener alguna enseñanza determinada. Mis largos y perseverantes esfuerzos acabaron por triunfar; fui arrebatada de mi cuerpo, transportada del lugar donde estaba a otro muy distinto, donde me encontré en posesión de otro cuerpo también diferente al mío, del cual utilizaba los sentidos con la misma dificultad experimentada por el niño cuando comienza a servirse de los suyos. Iba conducida de la mano, como un niño, por un ser poderoso que me mostraba lo que era preciso mirar y me decía cómo debía interpretar lo que veía. Asi llegamos a una gran sala precedida de una bóveda y nos detuvimos ante uno de sus muros. Lo contemplé admirada porque era de incomparable belleza; relumbraba de joyas desde el suelo hasta el techo que estaba distante y perdido en la oscuridad. Cada pulgada de este muro espléndido estaba cubierta de pedrería, y el fulgor deslumbrante que despedía, era de una desconcertante hermosura. Se me dijo que mirase con atención, y entonces percibí que las piedras estaban agrupadas de manera que formaban figuras y dibujos, pero mi atención no era suficiente para permitirme ver que estos dibujos y figuras eran letras que formaban palabras y frases; necesité la ayuda de mi guía para llegar a descubrirlo. Éste me dijo entonces que me acordase cuidadosamente de todo lo que leía y que lo pusiera por escrito después que hubiese vuelto a mi cuerpo.Así lo hice, y me acuerdo aún claramente de lo extraño de esta vuelta a mí misma en la habitación débilmente iluminada, donde mi cuñada, que había velado durante mi ausencia, esperaba pacientemente el resultado. Este resultado se componía de algunas palabras, de algunas frases, las primeras de Luz en el Sendero.Yo fuí conducida allá para verlas sobre el muro en que están escritas –y donde sin duda pueden aún leerlas cuantos penetren en aquel lugar que el libro denomina El templo de la Sabiduría.
Poco a poco fuí obteniendo de la misma manera todo lo que contiene el pequeño volumen que tan grande efecto ha producido en el mundo. Mi impresión propia es que sobre el muro existían muchas más cosas escritas que las que yo pude leer, no siendo para mí más que detalles de pedrería.
He expuesto aquí sencillamente los resultados de estas experiencias psíquicas que han podido soportar la prueba de la publicidad. Estos resultados fueron obtenidos, como ya he dicho, por dos vías diametralmente opuestas; es decir, que en un caso fuí un agente pasivo, dominado por una fuerza exterior que no ha¬bía invocado ni llamado; en el otro, por mi propia voluntad alcancé un estado diferente de conciencia, al mismo tiempo que me fué dada una ayuda exterior, pedida también por mí. Es evidente que para el psíquico este segundo método es mucho más interesante, porque ninguna obra producida automáticamente puede proporcionar, a quien aparentemente es su autor, otro placer que el de leerla como si hubiera sido escrita por otra persona. Pero el penetrar en otros estados de conciencia y apoderarse uno mis¬mo de ciertas informaciones concernientes a estos estados, es un método que lleva necesariamente consigo la alegría penetrante del desenvolvimiento y del progreso individual.
Mabel Collins (Traducción de Vicente Cirujeda.)(De la Revue Theosophique Francaise, LE LOTUS BLEU, Abril de 1911)
Extraído de la revista «Sophia», Agosto 1913: https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TftMhTyZh4_KV557AsPw?e=MkfrQvEl Idilio del Loto Blanco (pdf gratis): https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfoYEV8zxNky00YA32kw?e=08bleoLuz en el Sendero (pdf gratis): https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfoYQEdZ18-t61VGBcoQ?e=1h0JrlMás de esta autora en la novela esotérica: La Sombra en el Espejo: https://editorialcreacion.es/…/la-sombra-en-el-espejo

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE IV

Voy a compartir un texto que publiqué en su momento en el libro «Pasajes sobre el Porvenir. Profecías de H.P.B. para el Tercer Milenio». Hablando de «Profecías Científicas», añadí algunas de C.W. Leadbeater y Annie Besant sobre el futuro, el futuro para ellos (1914) pero presente para nosotros (2020). No voy a entrar en el tema de «juzgar» a Leadbeater ni a Annie Besant. Pese a todas las críticas que se les pueda hacer, tienen grandísimos méritos que ya quisiéramos nosotros tener incluso en mínima medida. Los poderes clarividentes de C.W.L. se pueden cuestionar, pero este señor «descubrió» a Krishnamurti, y entre otras profecías «impresionantes», esta la que traigo a colación. Incluyo estas percepciones de Besant y Leadbeater en «La Magia de los Libros» porque se refieren de alguna manera a los libros, a las enciclopedias, a las tablets, mostrando algo rudimentariamente lo que hoy estamos viviendo. No es un acierto cien por cien, pero se acerca bastante. Las nuevas tecnologías entran dentro de la magia de los libros, pues es casi mágico lo que se puede hacer en un ebook: Desde ampliar la letra, cambiar la tipografía, marcar y copiar textos, ver vídeos insertados, hacer búsquedas, ver definiciones de palabras, etc., etc., tareas que no podemos hacer en un libro físico. ¡Ya os dije que soy defensor de los libros electrónicos! Aunque amo los libros físicos 🙂 Bien, éste es el fragmento: «En este marco no nos resistimos a apuntar unas pocas frases de C.W. Leadbeater y Annie Besante, que describen en ¡¡1914!! como serian algunos de los elementos de las ciudades futuras, relacionado con algo que ni los gurús de la informática, como Bill Gates o Steve Jobs, previeron en la década de los 80:«Diarios: Los diarios habrán desaparecido, o a lo sumo estarán muy reformados, pues conviene tener en cuenta que en cada casa habrá un aparato, especie de combinación de teléfono y mecanógrafo enlazado con la estación central de la capital de la comunidad, de modo que no sólo es posible comunicarse verbalmente, sino que todo cuanto se escriba o dibuje en una plancha especialmente preparada y se ponga en la máquina de la estación central, se reproducirá automáticamente sobre cintas en las máquinas domésticas, y así se compone el que podremos llamar periódico de la mañana, que cada cual tiene en su casa. Toda noticia importante se transmite inmediatamente a las casas de la comunidad, y las noticias ordinarias se despachan colectivamente todas las mañanas a hora temprana y se le llama «Conversación del almuerzo comunal». Es una labor relativamente de poca monta y se parece a un índice de asuntos, pues da las noticias en compendio, pero con los asuntos numerados y cada ramo de materias impreso en distintos colores. Si alguien necesita información completa de cualquiera de los asuntos compendiados, le basta pulsar el timbre de la estación central y pedir los detalles del número correspondiente, que se le enviarán al punto por su respectivo alambre […] El mismo aparato se empleará para añadir lo necesario a las enciclopedias domésticas. Se envían diariamente cintas cortas, siempre que hay algo que comunicar y del mismo modo que el periódico se manda durante el día a trozos, así de cuando en cuando vienen pequeñas tiras para añadir a los diferentes capítulos de la enciclopedia […] habrá también un acabado museo de cuantas artes y oficios han existido desde el principio del mundo, con modelos de toda clase de máquinas, la mayor parte de las cuales no conozco, porque habrán sido inventadas entre el siglo XX y XXVIII. Habrá también mucha maquinaria atlante, olvidada desde hacía mucho tiempo, de suerte que se dispondrá de una ordenación completa para el estudio de estos ramos […] En la biblioteca central habrá pequeños aposentos, semejantes a cuartos telefónicos, donde los estudiantes podrán tomar los anales de cualquier suceso histórico importante, y reproducir audible y visiblemente, por medio de una máquina, toda la escena con la presentación exacta de los actores y de sus palabras en el mismo tono en que las pronunciaron […] La mujer tiene épocas en que se halla incapacitada para los quehaceres domésticos, y en tales casos siempre viene alguien a ayudar […] Cuando tal asistencia es necesaria, la persona que la requiere recurre a los conocidos medios de comunicación e inmediatamente hay quién se ofrece […] La curiosa variación del inglés, con escritura abreviada y muchos signos gramaticales, es la lengua universal, comercial y literaria. Las gentes educadas de todos los países la conocen, además de la propia, y entre las clases altas y comerciales substituye rápidamente a las lenguas de los diversos pueblos. El vulgo habla todavía los antiguos idiomas; pero reconoce que el primer paso para ser algo en el mundo es aprender la legua universal (El Hombre). »Creemos que es una rudimentaria forma de describir lo que denominamos telecomunicaciones, y en concreto Internet y Multimedia, además de la realidad del predomino de la lengua inglesa en el mundo. Es bueno recordar que los ordenadores personales no aparecen hasta los años 80, difundidos principalmente por la empresa americana IBM para grandes empresas, y Apple Computer a nivel personal. Antes de esta década, las computadoras eran enormes moles de cables, bombillas, tornillos, relés, tarjetas perforadas, que a veces ocupaban toda una habitación y que sólo eran utilizadas en el entorno empresarial y militar. Que estos dos teósofos hayan «visto» la posibilidad de que una persona acceda a la información a través de un cable y una pantalla en su propia casa ¡sesenta años antes!, es un dato más para confirmar la posibilidad de las profecías, sean intuitivas o reflexivas.»Link al libro (pdf gratis): https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfqYdaDmfEsRbtkYwGjg?e=de6PQz

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE V-I

Cómo no, si hay unos libros mágicos son «Isis sin Velo» y «La Doctrina Secreta». Los textos de Blavatsky son en sí mismos y especialmente en la forma como se escribieron, una historia llena de incógnitas y hechos misteriosos.Ya hace tiempo reuní mucha información sobre este tema, y la incluí en el libro «Pasajes sobre el Porvenir, Profecías de H.P. Blavatsky para el III Milenio». El capítulo en cuestión (Sobre los Escritos de Blavatsky) tiene 17 páginas, por lo que aquí solo podré poner algunos fragmentos.Tenemos un testigo de primera mano, que contempló los procesos mágicos sucedidos alrededor de la escritura de «Isis sin Velo»: el Coronel Olcott, pues estuvo con ella en la «Lamasería», trabajando codo con codo en una gran mesa de despacho, enfrente el uno del otro, mientras se realizó parte del proceso. El recién estrenado Presidente de la Sociedad Teosófica se preguntaba de dónde extrajo H.P.B. la información vertida en su obra:«¿De dónde sacaba ella esta ciencia? Es imposible negar que la poseía. ¿Dónde la adquirió? Ni de sus ayas de Rusia, ni de ninguna fuente conocida de su familia o de sus amigos íntimos. No pudo haber sido en los ferrocarriles o barcos en los que había pasado su juventud recorriendo el Mundo, ni en universidad alguna, puesto que no las había frecuentado. Tampoco en las grandes bibliotecas públicas. A juzgar por su conversación y sus costumbres, nunca había hecho los estudios necesarios para adquirirla, antes de principiar su penosa tarea; pero en el momento necesario, hallábase en posesión de los conocimientos requeridos; y en los momentos más inspirados –si puede decirse así– tanto sorprendía a los eruditos por su ciencia, como deslumbraba a los oyentes por su elocuencia o les encantaba con la vivacidad de su espíritu y la ironía de sus críticas.»35Olcott describe en su libro –que es en sí mismo una joya de información para nuestro tema–, la extraña forma que utilizó Helena para escribir su primera gran obra: «Isis sin Velo», y en la que está implícita la respuesta. Una parte del método no tiene mucho de especial:«De la mañana a la noche estaba en su mesa y era muy raro que uno de nosotros se acostase antes de las dos de la mañana. Durante el día, yo me ocupaba de mi profesión, pero después de cenar temprano nos instalábamos juntos en un gran escritorio y trabajábamos como rabiosos hasta que la fatiga física nos forzaba a detenernos […] Ella no trabajaba siguiendo un programa trazado, pero las ideas manaban de su cerebro, como una fuente viva que se desborda sin cesar. Tan pronto hablaba de Brahma, como del gato meteoro eléctrico de Babinet; citaba respetuosamente a Porfirio o al periódico de esa mañana, o a un folleto nuevo que yo acababa de traerle. Salía de los abismos de la adoración al Adepto ideal, para entrar a luchar violentamente con el profesor Tindall o cualquier otro de los que ‹tenía entre ojos›. Esto se presentaba como por saltos o brincos, unas cosas tras otras, formando cada párrafo un todo susceptible de ser quitado sin perjudicar al precedente ni al siguiente. Aún ahora, si se examina ese libro sorprendente, se verá eso a pesar de las numerosas refundiciones que ha sufrido.»«Era menester ver a veces su propio manuscrito –continua Olcott más adelante–: cortado, pegado y vuelto a cortar, en fin, reconstituido, tanto y tan bien, que observando una bola por transparencia se veía que estaba compuesto por seis, ocho y hasta diez recortes extraídos de diferentes páginas, unidos unos con otros con algunas líneas de texto para ligar el conjunto (recordemos que en aquellos tiempos no había ordenadores  ). Adquirió tal habilidad en este ejercicio, que con frecuencia se alababa de ello ante sus amigos.»Sin embargo, no radicaba en su capacidad de trabajo exhaustivo o en su pericia como redactora el misterio de su «inagotable» conocimiento, sino en los extraños poderes clarividentes que poseía. No vamos a debatir en este libro sobre la existencia o no existencia de los llamados «poderes clarividentes», o de otro tipo. Damos por sentado que los lectores están familiarizados con estos temas:«Era una cosa curiosa e inolvidable verla trabajar. Corrientemente nos poníamos a cada lado de una gran mesa y yo podía seguir todos sus movimientos. Su pluma volaba sobre la cuartilla; de pronto se detenía, miraba en el espacio con la vaga fijeza de los clarividentes, y en seguida parecía leer algo invisible en el aire ante ella y se ponía a copiarlo. Terminada la cita, sus ojos recobraban su habitual expresión y volvía a escribir normalmente hasta una nueva repetición. Recuerdo bien dos circunstancias en las que yo también pude ver y tocar libros en sus dobles astrales, de los que ella había copiado notas y que tuvo que materializar para probarme la exactitud del texto, porque yo me negaba a dejar pasar las pruebas sin verificación.»Sigue comentando Olcott que, en ocasiones, alguno de sus maestros la inspiraba, o –algo que puede chocarnos mucho–, directamente ocupaba su cuerpo unos instantes, para escribir partes de «Isis sin Velo»:«Lo curioso es que antes de cada cambio de escritura y de estilo, H.P.B. salía un momento del salón o pasaba por un trance o estado de abstracción, durante el cual sus ojos miraban al espacio por encima de mí y volvían casi inmediatamente al estado normal. Al mismo tiempo se producía un visible cambio en su personalidad o, mejor dicho, en su idiosincrasia, su porte, el timbre de la voz, la vivacidad de sus modales y sobre todo en su carácter.»Ella misma contó, en una carta dirigida a su familia, las experiencias psicológicas o parapsicológicas por las que pasaba escribiendo su libro:«Cuando yo escribía Isis, lo hacía tan fácilmente que no era un trabajo, sino un placer. ¿Por qué habrían de alabarme? Cuando se me dice que escriba, me siento y obedezco, pudiendo entonces escribir con igual facilidad casi sobre cualquier tema: Metafísica, Psicología, Filosofía, antiguas religiones, Zoología, ciencias naturales, ¿qué sé yo? Nunca me pregunto: ¿Puedo escribir sobre eso? o ¿soy capaz?, sino que me siento a mi mesa y escribo. ¿Por qué? Porque alguien que sabe todo me dicta, mi Maestro, y a veces otros que he conocido en mis viajes. Os ruego que no me creáis loca; ya os lo he dado a entender varias veces… y os lo digo con franqueza: cuando escribo un tema que conozco mal o nada, me dirijo a ellos y uno de ellos me inspira, es decir, me deja copiar sencillamente manuscritos o impresos que veo pasar en el aire ante mis ojos, sin que por un solo instante pierda conciencia de la realidad.»Un ejemplo claro es el capítulo VI del Tomo II (versión en cuatro tomos) de «Isis sin Velo», pues empezó a escribirlo por la noche y, muerta de cansancio y sueño, se quedó dormida; pero, a la mañana siguiente, el capítulo estaba en su mesa perfectamente terminado. Uno de los mejores del libro, por cierto, que muestra las maravillas tecnológicas de Egipto.En resumen, concluye Olcott:«¿De dónde sacó H.P.B. los materiales de ‹Isis› que no proceden de ninguna fuente literaria conocida? De la luz astral y por medio de sus sentidos espirituales y de sus Maestros –los ‹Hermanos›, los ‹Adeptos›, los ‹Sabios›, los ‹Maestros›–, según los diversos nombres que se les ha dado. ¿Cómo puedo saberlo? Porque trabajé con ella en ‹Isis› durante dos años, y mucho tiempo también, más tarde, en otras publicaciones.»Compartimos la mejor versión que existe de Isis sin Velo en castellano, agrupada en un solo tomo (pdf gratuito): https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfoP9RjyhALRWseaiMLQ?e=zyn3S0

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE V-II

Continuando con esta sección, vamos a dar algunas pinceladas sobre la siguiente obra de H.P. Blavatsky, cuya producción y contenido entra dentro de la categoría de «Mágica»: La Doctrina Secreta; aunque hay que matizar que ni la estructura de la obra ni el contenido es estrictamente de H.P.B., pues participaron diversos discípulos y maestros en su realización. La Doctrina Secreta, me atrevo a decir, es un Legado de la Fraternidad Blanca a la Humanidad, diseñada en varios niveles, construida como un sistema de crecimiento interno, de amplitud de conciencia, en base a la lectura y meditación de sus «aparentemente» desilvanachados temas. Además, como comenta la Condesa Wachtmeister en Reminiscencias de La Doctrina Secreta, en ella hay un contenido profético, pues está presente la idea de que se escribía para la posteridad y no para su «tiempo histórico». A continuación exponemos algunas frases que ratifican está afirmación:«En este tiempo supe algo más referente a La Doctrina Secreta: que sería un trabajo más voluminoso que Isis sin Velo; que una vez completado constaría de cuatro volúmenes; y que en ellos se daría al mundo tanto material de la doctrina esotérica como era posible en el presente estado de la evolución humana. ‹Será, naturalmente, muy fragmentario, me dijo ella, y habrá, necesariamente, que dejar grandes lagunas, pero hará pensar a los hombres y tan pronto como ellos estén capacitados se les dará más a conocer›. ‹Pero, agregó después de una pausa, tal cosa no será hasta el siglo que viene, cuando los hombres comenzaran a comprender y discutir esta obra de manera inteligente.»«La Doctrina Secreta es más valiosa que su predecesora [Isis sin Velo], es un epítome de verdades ocultas que la hacen una fuente de información y de instrucción para los estudiantes serios en muchos años del porvenir.» «H.P.B. estuvo particularmente interesante al hablar de La Doctrina Secreta durante la pasada semana. Me esforcé para tratar de ponerlo todo en orden y conseguir trasladarlo fielmente al papel mientras está fresco en mi mente. Como ella misma dijo, puede resultar útil para alguien dentro de treinta o cuarenta años.»«Ante todo pues, La DoctrinaSecreta es únicamente tan sólo un pequeño fragmento de la Doctrina Esotérica conocida por los miembros superiores de las Fraternidades Ocultas. Contiene, dice ella, tan sólo lo que puede ser recibido por el Mundo en este siglo que va a empezar.»«El verdadero Estudiante de la DoctrinaSecreta es un Jñânî Yogui, y este Sendero de Yoga es el Verdadero Sendero para el estudiante Occidental. Para facilitarle los postes indicadores en este Sendero, es para lo que ha sido escrita La Doctrina Secreta.»«Todo ese tiempo se continuaba con La Doctrina Secreta hasta que, finalmente se puso la obra en manos del impresor. Luego comenzó el trabajo de leer las pruebas de imprenta, revisarlas y corregirlas, lo que mostró ser una labor muy pesada. Yo observé todo ese proceso con gran alegría en el corazón y cuando la copia impresa fue puesta en mis manos me sentí sumamente agradecida porque todas esas interminables horas de dolor, trabajo y sufrimiento no habían sido en vano y H.P.B. había podido llevar a cabo su tarea y dar al mundo su gran libro, el cual, ella me lo dijo: deberá permanecer muy quieto hasta el siglo entrante para ser entonces apreciadas sus enseñanzas en todo su valor, mientras que, en la actualidad, sería estudiado sólo por unos pocos.»La misma H.P.B. nos dice:«Así es que el repudio de estas enseñanzas es cosa que puede esperarse, y aun debe esperarse de antemano. Ninguno de los que se llaman a sí mismos eruditos, en cualquiera de las ramas de la ciencia exacta, se permitirá mirar estas enseñanzas seriamente. Durante este siglo serán escarnecidos y rechazadas a priori; pero en este siglo únicamente, porque en el siglo XX de nuestra Era, comenzarán a conocer los eruditos que la Doctrina Secreta no ha sido ni inventada ni exagerada, sino por el contrario, tan sólo bosquejada y finalmente, que sus enseñanzas son anteriores a los Vedas. No es esto una pretensión de profetizar, sino una sencilla afirmación fundada en el conocimiento de los hechos. En cada siglo tiene lugar una tentativa para demostrar al mundo que el Ocultismo no es una superstición vana. Una vez que la puerta quede algo entreabierta, se irá abriendo más y más en los siglos sucesivos. Los tiempos son a propósito para conocimientos más serios que los hasta la fecha permitidos, si bien tienen todavía que ser muy limitados.»Sigue hablando de los Vedas y continúa:«Lo mismo se dirá de la Doctrina Secreta Arcaica cuando se den pruebas innegables de su existencia y de sus anales. Pero tendrán que pasar siglos antes que se publique mucho más de ella. Hablando de la clave para los misterios del Zodiaco, casi perdida para el mundo, hizo ya observar la escritora en Isis sin Velo, hará unos diez años, que: ‹A la dicha clave deben dársele siete vueltas antes de que todo el sistema pueda ser divulgado. La daremos nosotros una vuelta tan sólo, permitiendo con esto al profano que perciba un vislumbre del misterio. ¡Feliz aquel que comprenda el todo!›. Lo mismo puede decirse del sistema Esotérico en su totalidad. Una vuelta y no más se dio a la llave en Isis sin Velo. En estos volúmenes se explica mucho más […] En el siglo XX, algún discípulo mejor informado, y con cualidades muy superiores, podrá ser enviado por los Maestros de Sabiduría para dar pruebas definitivas e irrefutables de que existe una Ciencia llamada Gupta Vidyâ; y que, a manera de las fuentes del Nilo en un tiempo misteriosas, la fuente de todas las religiones y filosofías en la actualidad conocidas por el mundo, ha permanecido durante muchas épocas olvidada y perdida para los hombres, pero ha sido encontrada por fin.»En otro lugar, añade:«Sólo en el siglo XX será cuando algunas partes, sino el todo de la obra presente, serán vindicadas […] Esperamos nuestroTiempo.»Como vemos, se repiten una serie de ideas sobre porqué se escribió La Doctrina Secreta. En primer lugar, porque es lo que se puede dar al hombre de la Sabiduría Esotérica en este momento histórico, porque se piensa que es el momento adecuado para entenderla correctamente, dado el nivel evolutivo actual del conocimiento humano. En segundo lugar, está dirigida precisamente a Occidente que, por su especial mentalidad, necesita la confirmación de las ideas abstractas con ejemplos, hechos, confrontación de ideas, etc. –lo que en oriente se denomina Jñânî Yoga–, aunque a la vez utiliza el método oriental que obliga a releer todas sus páginas varias veces, para ir reconstruyendo las ideas e incluso a llegar con la intuición a otras que ella misma no da: «Una vez que el estudiante sagaz se apodera del hilo conductor puede encontrar por sí mismo tales testimonios.» Como H.P.B. dijo en numerosas ocasiones: La Doctrina Secreta «no es un techo sino una puerta», y es lamentable que yazca olvidada y polvorienta en las bibliotecas o en las librerías sin que se haya hecho un esfuerzo serio de análisis y sistematización.En definitiva, La Doctrina Secreta es un libro «mágico». Por su especial don de clarividencia, por conectar con personajes casi míticos poseedores de las claves del conocimiento oculto, por sobrada erudición. Lo cierto es que en cada reflexión, en cada cita de un autor clásico, en cada comparación de un descubrimiento moderno con lo que sabían los antiguos, en cada afirmación o sugerencia, se desborda el conocimiento, tanto, tan complejo y profundo, que no pudo o no quiso organizarlo perfectamente, y que nos obliga a esforzar nuestra mente para extraer las pertinentes conclusiones.Link a conferencia: El secreto hermético de La Doctrina Secreta: https://youtu.be/MgiI1hJG16wLink a La Doctrina Secreta Tomo I: https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfoP9AQeQzrNpuX_KopwLink a La Doctrina Secreta Tomo II: https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfoP84uZpkpG_lfDCRuQLink a La Doctrina Secreta Tomo III: https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfoP82PNm0lYYP6C_-WgLink a La Doctrina Secreta Tomo IV: https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfoP83fqh7EsmOdDv2lQLink a La Doctrina Secreta Tomo V: https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfoP80mJAe7kEF2_mwqwLink a La Doctrina Secreta Tomo VI: https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TfoP8y5X01thquW9_1_Q

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE VI

Al leer un libro sucede algo mágico, algo que un clarividente puede detectar e interpretar. Nuestro mundo mental se mueve, deja una huella y se desarrolla más o menos según como se utilice. Es un proceso relacionado con el grado de atención y concentración, con las formas mentales, etc.Sobre esto, como no, tenemos las «percepciones» de C.W. Leadbeater, que, por cierto, coinciden en lo general con otros maestros y clarividentes, como Omraam, Edgar Cayce, Steiner, Torkom, Hodson, etc. Como todas las cosas, hay que tomarlas con cierto escepticismo, pero estoy seguro que algo de verdad hay en sus afirmaciones, pues son de sentido común para un estudiante de esoterismo.El texto pertenece a un libro todavía no publicado en castellano: El Lado Oculto de las Cosas.LECTURA Y ESTUDIOHay un lado oculto para cada acto de la vida cotidiana, y a menudo sucede que si conocemos este lado oculto podemos realizar estas acciones diarias de manera más perfecta o útil. Tomemos, por ejemplo, el caso de la lectura. En términos generales, leemos con dos propósitos: para estudiar y para distraernos. Si uno observa con visión clarividente a una persona que está leyendo con el propósito de estudiar, uno se sorprende a menudo de ver cuán poco penetra el significado real de lo que está escrito en la mente del lector. En un libro que está cuidadosamente escrito, para que pueda ser estudiado, cada oración o párrafo generalmente contiene una clara declaración de una cierta idea definida. Esa idea se expresa como una forma de pensamiento, cuya forma o tamaño varía según el sujeto. Pero ya sea pequeña o grande, ya sea simple o complicada, al menos es clara y definida en su clase. Generalmente está rodeada de varias formas subsidiarias, que son expresiones de corolarios o deducciones necesarias del enunciado. Ahora, un duplicado exacto de ésta, que es la forma de pensamiento del autor, debe construirse en la mente del lector, tal vez de inmediato, quizás solo por grados. Que las formas que indican corolarios también aparezcan depende de la naturaleza de la mente del estudiante —que él sea o no sea rápido para ver en un momento todo lo que sigue de una determinada declaración.Como regla general, con un buen estudiante, la imagen de la idea central se reproducirá enseguida de manera bastante precisa, y las imágenes circundantes se formarán una por una a medida que los estudiantes dan vueltas a la idea central en su mente. Pero, desafortunadamente, con muchas personas incluso la idea central no está de ninguna manera debidamente representada. Menos desarrollados mentalmente, no pueden hacer una reflexión clara en absoluto, y crean una especie de masa amorfa e incorrecta en lugar de una forma geométrica. Otros fabrican algo, que de hecho es reconocible como la misma forma, pero con bordes y ángulos romos, o con una parte completamente desproporcionada con el resto —una representación, mal dibujada de hecho.Otros logran hacer una especie de esqueleto de esta, lo que significa que han captado el esquema de la idea, pero todavía no pueden hacerlo vívido para sí mismos, o para completar cualquiera de sus detalles. Otros —quizá la clase más numerosa— tocan un lado de la idea y no el otro, y construyen solo la mitad de la forma. Otros aprovechan un punto y descuidan todo lo demás, y así generan una figura que puede ser precisa hasta donde llega, pero no se puede reconocer como una copia de la que se da en el libro. Sin embargo, todas estas personas afirmarán que han estudiado el libro en cuestión, aunque si se les pidiera que reprodujeran sus contenidos de memoria, los ensayos resultantes tendrían poco en común.Esto significa, en primer lugar, una falta de atención. Estas personas, presumiblemente leen las palabras, pero las ideas expresadas por esas palabras no logran un alojamiento en sus mentes. A menudo es fácil para el clarividente ver la razón de esto, porque si observa el cuerpo mental del estudiante, lo ve ocupado con media docena de asuntos simultáneamente. Cuidados en el hogar, preocupaciones de negocios, pensamientos de algún placer reciente o expectativas por algo, una sensación de cansancio e inquietud por tener que estudiar, y un anhelo porque la media hora de estudio termine; todos estos sentimientos están hirviendo en el cerebro del hombre, y ocupan entre ellos nueve décimas partes de la materia de su cuerpo mental, mientras que la pobre décima restante está haciendo un esfuerzo desesperado por apoderarse de la idea de lo que supone que está asimilando del libro. Bajo estas circunstancias, naturalmente, es inútil esperar algún beneficio real, y probablemente, en general, sería mejor para un hombre así que no intente estudiar en absoluto.A partir del examen de este lado oculto del estudio, entonces, surgen ciertas reglas definidas que sería bueno que el alumno siga. Primero, debe comenzar vaciando su mente de todos los demás pensamientos y asegurarse de no permitirles regresar hasta que termine su tiempo de estudio. Debe liberar su mente de todos las preocupaciones y dudas, y luego debe concentrarse completamente en el asunto en cuestión. Debería leer su parte lenta y cuidadosamente, y luego hacer una pausa para ver si la imagen está clara en su mente. Luego debería leer el pasaje nuevamente con el mismo cuidado y ver si se han agregado características adicionales a su imagen mental; y debe repetir esto hasta que sienta que tiene una comprensión completa del tema, y que ninguna idea nueva sobre él sugerirá de inmediato. Una vez hecho esto, debe ver si puede elegir cualquiera de los corolarios y rodear su forma de pensamiento central con esferas que dependen de él.Durante todo este tiempo una gran cantidad de otros pensamientos habrán estado clamando por la admisión; pero si nuestro estudiante es digno de ese nombre los rechazará severamente y mantendrá su mente fija exclusivamente en la cuestión en proceso. La forma de pensamiento original que he descrito representa la concepción del autor tal como él la escribió, y siempre es posible, mediante un estudio sincero, entrar en contacto con la mente del autor. A menudo, a través de su forma de pensamiento, él mismo puede ser alcanzado, y se puede obtener información adicional o ganar luz en puntos difíciles. Usualmente el estudiante, a menos que esté altamente desarrollado, no puede entrar en contacto consciente con el autor, para intercambiar realmente ideas con él; cualquier nuevo pensamiento probablemente le parezca al alumno como propio, porque siempre viene a su cerebro físico desde arriba, así como es sugerido desde afuera o como cuando se origina en su propio cuerpo mental; pero eso importa poco mientras tenga una idea clara de su objeto.

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE VII

LOS LIBROS SIBILINOSHe aquí, sin lugar a dudas, unos de los libros más mágicos de la historia, al menos occidental: Los Libros Sibilinos, llamados así por las Sibilas, profetisas de la antigüedad, muy famosas, y que Miguel Ángel inmortalizó en la cúpula de la Capilla Sixtina. Se daba este nombre a ciertas mujeres a las que se atribuía el conocimiento de lo pasado, lo presente, lo futuro, y el don de la predicción. Se conocen las de Delfos, Eritrea, Cumas, Libia y otras. Profetizaban en nombre de Apolo, el dios hiperbóreo, que había transmitido tal don a la primera de las sibilas: Hierófila.La más conocida fue la de Eritrea. Según Varrón, la sibila de Eritrea pretendió vender a Tarquino el Soberbio nueve libros en los que estaban escritos los oráculos sobre Roma, eran los «Libros del Destino de Roma», semejantes a los «ostentaría» etruscos; quizá trasmitidos por el rey Numa, que era un sacerdote Etrusco y, por tanto, conocedor del «lado oculto de las cosas». Se sabe que estaban redactados en lengua tusco-lidia, cuyos caracteres son afines a la escritura rúnica. Cuenta la leyenda que la Sibila ofreció los «libros» al rey etrusco Tarquino el Soberbio, a cambio de trescientas piezas de oro. El rey encontró el precio demasiado elevado y se negó a adquirir el lote. Entonces la Sibila quemó tres de ellos, pidiendo por el resto el mismo precio. El rey se negó y la Sibila quemó tres más, pidiendo, de nuevo, el mismo precio. Al final, el Soberbio la detuvo y compró los que quedaban por «trescientas piezas de oro». ¡Cuánto lamentaron los romanos la avaricia de Tarquino!Los Libros Sibilinos fueron encerrados en dos cofres de piedra bajo el templo de Júpiter Capitolino, y más tarde, en tiempos de Augusto, fueron colocados debajo de la estatua de Apolo en el templo del Palatino y confiados a la custodia de sacerdotes especiales: primero los decenviris regis faciundi, más tarde se convirtieron en los decemviri y por último en los quindecemviri sacris faciundis.Sólo se podían consultar por orden del Senado, en circunstancias graves, cuando ocurrían «prodigios» en algún lugar de la Republica, después Imperio. Prodigios espantosos: «taetra prodigia», que parecían amenazar la existencia de Roma. Los sacerdotes encargados de tal tarea descubrían en los Libros las expiaciones necesarias, los «remedia», que eran prenda de salvación, las ceremonias de restauración de la «pax deum». Los Libros recomendaban ceremonias como la «instauratio», repetición de ceremonias fallidas o la «lustratio urbis», ceremonia purificadora recogida en las Tablas eugubinas, siete tablas de bronce descubiertas en el año 1444 en la ciudad de Gubbio, la antigua Iguvium. Con las diferentes ceremonias se pretendía reestablecer el equilibrio entre lo visible y lo invisible, los hombres y los dioses, y conseguir la Pax Deum.Se destruyeron bajo la dictadura de Sila, en el 83 a.C., el 6 de julio, durante el incendio del Capitolio, pero fueron reconstituidos con ayuda de las profecías recogidas cerca de las sibilas del Asia Menor, de Sicilia y de Italia, es decir, las sibilas de Delfos, de Eritrea y Éfeso. En el 40 a.C. Augusto, cuando llega a ser gran Pontífice, hizo reunir todo lo que podía circular en materia de libros proféticos, griegos o latinos –en total más de dos mil volúmenes– y los hizo quemar, conservando sólo los Libros Sibilinos, y esto después de haber hecho una selección entre ellos. Luego los guardó en dos compartimentos situados bajo la estatua de Apolo Palatino. La colección permanecerá inmutable hasta el fin del paganismo y escapará a las llamas que aniquilarán el santuario de Apolo en el año 363 d.C. Se perdieron definitivamente en el año 405 d.C., cuando el general romano Estilicón ordenó su destrucción, con los barbaros visigodos a las puertas de Roma, por temor a que los invasores los pudieran usar en su propio beneficio. Los visigodos saquearon Roma en el 410 d.C.Consultas a los Libros: En el 496 a.C. cuando el dictador A. Postumio los hizo consultar a raíz de un periodo de escasez. Los Libros prescriben que es necesario propiciarse a Ceres, Líber y Líbera.En el 461 a.C. se consultan debido a los numerosos prodigios que asolan la ciudad de Roma: incendio en el cielo, temblor de tierra, lluvia de carne, una vaca dotada de palabra, etc. La respuesta toma forma de un «responsum aruspicial». Tito Livio dice: «Los Libros Sibilinos, consultados por los duunviros que tenían esa función, anunciaron un peligro que venía de un grupo de extranjeros, un ataque contra los lugares elevados de Roma y el derramamiento de sangre. Era necesario, ante todo, evitar las sediciones».En el momento de la IIª Guerra Púnica ordenaron enterrar vivos en el «Forum boarium» a una pareja de griegos y una pareja de galos, en una cripta subterránea de muros de piedra.En el 437 a.C se procura mediante una «obsecratio» una epidemia y temblores de tierra. Se trata de suplicaciones publicas (obsecratio y supplicatio son sinónimos), acciones de gracia, plegarias y sacrificios. Hombres y mujeres coronados de laurel, con una rama de laurel en la mano, van a suplicar a los dioses en sus diferentes templos y les ofrecen vino e incienso.En el 296 a.C. recomendaron la introducción en Roma de divinidades helénicas, como Asclepios por causa de una violenta epidemia de peste.En el 207 y en el 125 a.C., para expiar el nacimiento de un andrógino: cantos y danzas ejecutados por un grupo de 27 muchachas que formaban a la vez un coro y un ballet.En el 205 a.C. frecuentes lluvias de piedras. «Se encontró en los Libros Sibilinos –escribe Tito Livio–, un oráculo que dice que ‹si el enemigo originario del extranjero viniera a guerrear a la tierra de Italia, se lo podría vencer y arrojar de allí trayendo a la Madre del Ida de Pesinunte a Roma›».Prodigios:• El temblor de tierra: rumores subterráneos, movimientos espontáneos de objetos sagrados, como las lanzas de Marte o los ancilia de los Salios, apertura de la puerta de los templos• Fuegos imprevistos, de llamas espontáneas, de origen volcánico o el fuego de san Telmo• Los soldados ven que se encienden las puntas de sus venablosLos libros recomendaban ceremonias como:o «instauratio», repetición de ceremonias fallidaso el «nouemdiale sacrum», fiesta de nueve díaso «lustratio urbis», ceremonia de purificación. Rodeaban con un círculo mágico el espacio que convenía limpiar de toda mácula y se acompañaba con sacrificios animales. Se puede aplicar a una ciudad entera o a una parte, o al ejercitoo el «suouetaurile»H. P. Blavatsky, en su libro: Isis sin velo, nos habla también de las Sibilas. Dice así: Eran jóvenes delicadamente sensibles, de costumbres puras y familia humilde, estaban adscritas a sus respectivos templos donde se les destinaba una habitación, rigurosamente aislada del mundo, en la que solo podían entrar los sacerdotes y los videntes. De modo que la vida de las sibilas superaba en ascetismo a la vida de las actuales monjas. Al ejercer su magia, la sibila se sentaba en un trípode de bronce colocado sobre una grieta en el suelo, que comunicaba con un subterráneo donde se quemaban ciertas drogas y a través de esas grietas surgían esos vapores que envolvían a la sibila y la hacían entrar en un trance especial, donde se producía ese oráculo o esa adivinación y respondía a las preguntas de la gente que había ido para saber ciertos acontecimientos del futuro. A la sibila la llamaban también «ventriocuavates», la que adivina por el estómago. En aquella época colocaban la conciencia astral en el ombligo, le daban cierta preponderancia al chacra umbilical. El oráculo de Apolo que era el que estaba en Delfos, cuyo nombre significa, útero o abdomen. Allí el recinto del templo se llamaba Onfalos = ombligo, en griego. ¿Por que lo llamaban así? Según la tradición se dice que Zeus lanzó águilas, cada una empezó a volar en una dirección; hacia el este y otra hacia el oeste. En el punto donde se encontraron de nuevo las águilas, lo nombraron el «centro del mundo» que coincidió en Delfos, donde según la mitología griega era el ombligo del mundo.En la Collected Writing Tomo VI, Febrero, 1884 hay un artículo titulado:NOTA AL PIE PARA «LA SIBILA, ANTIGUA Y MODERNA»[The Theosophist, Vol. V, N° 5(53), Febrero, 1884, págs. 117-119][En este artículo escrito por el Dr. Fortin, Presidente de la «Société Scientifique des Occultistes de France», se puede leer: «La historia asegura que el Senado había aprobado un solemne decreto por medio del cual debían consultarse los textos Sibilinos ante cualquier crisis nacional o peligro. La república Romana más de una vez le debió su apacibilidad a las valiosas profecías que contenían los libros de la Sibila de Cumas». A esto, H.P.B. agrega la siguiente nota al pie:]La Sibila de Cumas usaba en su cabeza una corona de verbena. Hemos verificado la influencia de esa planta sobre los sensitivos. La verbena silvestre estimula e intensifica la videncia, mientras que la acción de la planta cultivada constituye un completo misterio. Que cualquier mujer, que pueda aislarse del mundo, coloque sobre su cabeza una corona de verbena silvestre cuando está escribiendo o haciendo cualquier otro trabajo mental, y se sentiráprotegida de toda influencia perniciosa y sus facultades alcanzarán el máximum de actividad. Esta práctica se llevaba a cabo en todo santuario Ocultista. Conel fin de verificar el origen y el valor intrínseco de una comunicación, uno debe verificar su justicia. Lo divino es divino sólo en la medida en que sea justo –dijo Sócrates.[El Dr. Fortin escribe más adelante: «George Sand… solía retirarse a solas en un oscuro departamento, donde comenzaba a fumar con el fin de despertar sus facultades de videncia. Entonces todo su ser era embargado por una sensación que la conducía sin demora hacia un estado de completa exterioridad (exteriorización)». A lo cual H.P.B. agrega:]Según como el traductor entiende este término poco corriente, pará el autor francés debe significar un aislamiento total de lo divino y lo espiritual, y una completa fusión en el mundo psico-fisiológico de los sentidos internos o percepciones sensoriales que, a no ser que estén completamente paralizados, siempre se interpondrán en el camino del auténtico Vidente espiritual. El primer estado puede ser inducido por medio del opio, la morfina, etc., el segundo se debe por completo a propensiones naturales de la personalidad.Un libro que trata los temas de las profecías en la antigüedad es: Raymond Bloch-Los Prodigios en la Antiguedad ClásicaLink: https://1drv.ms/b/s!AvQngI1KR5TftM5gejtNuU6f4aPgpA?e=WWngcM

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE VIII

Hemos hablado de los proféticos libros Sibilinos. Más adelante trataremos de otros libros con parecidas características, como un libro que menciona Blavatsky en «La Doctrina Secreta»: «El Espejo del Futuro», o el mismo «I Ching».
Pero en está ocasión quisiera traer a colación otro libro misterioso, que no es un libro, pero que sí que lo es: los «quipus » incas.
¿Qué son los QUIPUS?
Los quipus son unas combinaciones de cordones coloreados y anudados para hacer cuentas, para llevar inventarios de maíz, frijoles y otras provisiones. Pero las crónicas españolas de la época colonial afirman que los quipus incas también codificaban historias, biografías, poemas, memorias, hazañas y cartas, que los quipucamayoc (Los encargados de su «lectura») leían en actividades públicas de manera performática. Sin embargo, a día de hoy, los investigadores aún no han descifrado el significado no numérico de los cordones y los nudos. Actualmente se conservan alrededor de 1.000 quipus en museos de Alemania, Estados Unidos y Perú, y en colecciones privadas.
Recientemente se descubrieron dos quipus conservados por ancianos de una aldea andina, San Juan de Collata. El National Geographic se hizo eco de la noticia y la profesora Sabine Hyland los investigó. Casi tienen la seguridad de que los cordones, que tienen 14 colores que permiten formar 95 patrones de cordones singulares, caen dentro del rango de símbolos de los sistemas de escritura logosilábicos, es decir, que las combinaciones específicas de cordones coloreados y nudos podrían haber representado sílabas o palabras. Los mismos aldeanos dicen que en esos cordones están «escritas»: «epístolas narrativas sobre la guerra, creadas por los jefes locales».
Se fabricaban a partir de pelos de diversos animales, pues cogen mejor el color, y la información se codificaba con diversas variables, como el color, el tipo de fibra y hasta la dirección del trenzado del cordón, de manera que la lectura de los quipus requería del tacto además de la vista. Por lo que, aunque se pretende «descifrar» el código de los quipos (existe un programa informático creado con ese fin: «Khipu Database»), sin el contacto físico con los mismos no es posible su completa lectura, aunque quizá, como los jeroglíficos egipcios, un mismo quipo tenga diversas interpretaciones según los colores y su localización. Como dice el doctor Galen Brokaw, profesor de la Universidad del Estado de Montana, el quipu es un «dispositivo semióticamente heterogéneo», ya que emplea diferentes códigos en su elaboración. Es curioso como, en la historia del libro, han existido diferentes formas y métodos para «contener» el Conocimiento.
Pero, ¿es posible que Blavatsky nos haya dicho algo al respecto? ¡Por supuesto! En la Collected Writing, Tomo II, comenta:
«Es posible que, para nuestros criptógrafos, como para los incas, los jeroglíficos peruanos y centroamericanos han sido, son y permanecerán letra muerta. Los incas, análogamente a los antiguos Chinos y Mexicanos bárbaros, conservaban sus archivos por medio de un quipus (o nudo, en Peruano). Este era una cuerda que medía varios pies, compuesta por hilos multicolores a la cual se colgaba una orla policroma. Cada color indicaba un objeto sensible y los nudos servían de cifras. Prescott dice: «La misteriosa ciencia del quipus suministraba a los peruanos los medios para comunicar sus ideas entre ellos y para transmitirlas a la posteridad» (NOTA: [Hist. de la Conquista del Perú, Cap. IV, p. 792]. FINAL NOTA) […] Sin embargo, cada localidad se valía de su método para interpretar estos archivos elaborados; así, un quipus era inteligible sólo en el lugar donde se guardaba. Heath escribe: «De las tumbas se han exhumado muchos quipus cuyos colores y tejidos se encontraban en un excelente estado de conservación». Pero los labios capaces de pronunciar la clave verbal han cesado para siempre su función y el buscador de reliquias no ha logrado notar el lugar exacto donde cada uno fue encontrado; así, los archivos que podrían comunicamos elocuentemente lo que deseamos saber, permanecerán sellados hasta que sea revelado todo en los últimos días (NOTA: [Heath, op. cit., p. 467]. FINAL NOTA) […] Siempre que, entonces, se revele algo. Lo que es tan bueno como una revelación hoy, mientras nuestros cerebros funcionen y nuestras mentes estén agudamente receptiva a algunos hechos altamente sugestivos, son los incesantes descubrimientos de la arqueología, la geología, la etnología y otras ciencias».
En Isis sin Velo habla de túneles y lugares secretos donde podrían haberse ocultado:
«A lo largo de la galería que desde el Cuzco pasa por Lima hasta llegar a Bolivia, hay pequeños escondrijos, donde durante muchas generaciones acumularon los incas incalculables riquezas en oro y piedras preciosas», y otros tipos de tesoros «de sabiduría».
La tradición esotérica afirma que en esos «libros» se guardaba el conocimientos de los pueblos americanos, al modo de las tablillas sumerias, pero con otro sistema criptográfico; bibliotecas que fueron destruidas por los barbaros conquistadores.
Estos aldeanos habían protegido dos quipos, ¿cuántos más habrán sobrevivido en estos siglos? ¿Cuantos conocimientos perduran y cuantos se habrán perdido? Pero no basta con encontrarlos, es necesario el conocimiento para «leerlos», para entender las combinaciones de nudos y colores. Un conocimiento que tenían los «amautas», los hombres sabios, los sacerdotes de un imperio, el Inca, que fue tan impresionante como el de Roma, que llegó a abarcar desde Cusco, Perú, hasta el sur de Ecuador y Colombia, y partes de Chile y Argentina.
¿Habrá, a día de hoy, alguien que pueda leerlos?

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE IX

Comparto un breve relato del escritor José Romero, que nos deleita con una historia llena de moralejas, en el ámbito de la «Magia de los Libros»: Quickly.

* * *

En las mañanas de colegio, la madre iba frenética para que sus cuatro retoños llegaran puntuales a clase. Casi todos los esfuerzos se centraban en el benjamín de la familia.

—No quiero que lleguemos tarde un día más. ¿Por qué haces todo tan despacio?

—Lo siento, mamá. No sé cómo hacer las cosas más deprisa —decía el más pequeño mientras intentaba zafarse del edredón.

La parsimonia le acompañaba de camino a la única escuela del pueblo más cercano.

—No te pares, acelera, quickly, quickly —le espetaba su madre, quien tenía un marcado gusto por los anglicismos.

Con el tiempo, sus hermanos empezaron a imitar a la mujer. Llegó un día en que todos olvidaron su nombre de bautismo y pasaron a llamarle Quickly. Nunca protestó por ello pues la confrontación le parecía un esfuerzo demasiado cansado.

Así pasaron los años y comprender a los demás se volvió una empresa inmanejable, como si el mundo fuera a más revoluciones por minuto. La frustración crecía pero un día buscó consuelo en la biblioteca municipal. En la sala de lectura de aquel lugar no había prisa, nadie le gritaba por su apelativo de adopción y miles de respuestas esperaban a ser leídas; frases que respondían a problemas de variedad infinita, desde los dilemas cotidianos hasta los asuntos del espíritu. En ese refugio perfecto fue creciendo, intentando entender a los humanos y las relaciones entre ellos. 

Un día se encontró con Tomás, el panadero, que se sentía deprimido por su reciente ruptura con Lola. Quickly había oído algo acerca de noviazgos pero no tenía ninguna experiencia directa. Creía que además de echar el brazo sobre las espaldas de aquel hombre desnortado para consolarle, era necesario decir algo. Su cabeza empezó a trabajar, los engranajes del cerebro se pusieron a rodar sobre sus ejes y brotó una respuesta que le sorprendió por completo, como si hubiera dejado de controlar su voz, abandonando el tartamudeo ligero que le solía acompañar en los momentos de indecisión. Benedetti habló a través suyo. La mejor terapia para no caer en la tentación del precipicio es el fornicio.

Tomás lo miró maravillado por lo que acaba de decir y se echó a reír. Quickly, abrumado por el efecto causado, nuevo para él, se olvidó de mencionar la fuente. 

A partir de entonces, empezó a tomar la referencia de los libros para relacionarse con los demás. Este era su secreto inconfesable. Corrió la voz y cada vez más gente quería hablar con él. Crecía su popularidad en igual grado que la exigencia de sus contestaciones. Debía invertir más empeño todavía al estudio en la biblioteca para dar soluciones certeras. Lo convirtió en su misión, cual Oráculo de Delfos.

Sus andares se hicieron más ligeros y seguros. La espalda encorvada se iba estirando de forma sensible. Parecía haber ganado altura. La biblioteca del pueblo se le quedó pequeña y decidió subirse al autobús comarcal para acudir a la gran ciudad, que disponía de una casa de cultura con un inmenso depósito de libros.

Ocurrió que cuanto más leía, más respuestas encontraba para asuntos similares. Ahora surgían distintas formas de resolver un problema parecido. El regusto de indecisión de antaño parecía volver a asomar pero ahora por exceso de alternativas. Así, un día volvió Tomás para solicitarle un nuevo consejo. Siguiendo sus indicaciones se había dedicado al desahogo de sus instintos más primarios como recurso frente al desamor. 

—Estoy rondando a una joven pero apenas me hace caso. Me gustaría saber cómo despertar su interés. 

Quickly estaba familiarizado con El Arte de la Seducción pero también había leído a Gurdjieff. Mientras aquel daba pistas de cómo manejarse en esas lides, el ruso aconsejaba a su hija no seducir. Entre medias se acordó de Shakespeare con su «He aprendido que no puedo exigir el amor de nadie. Yo solo puedo dar buenas razones para ser querido…». Cuando conocía una solución, era sencillo aconsejar pero cuanto más sabía el asunto se volvía más complejo. Esa responsabilidad le abrumaba y muchas veces optaba por callar.

—Déjame que lo piense —comenzó a ser su letanía preferida. Pero parecía que cuanto más postergaba las respuestas, más personas le buscaban. 

Las horas de biblioteca se alargaban; cada vez invertía más energía en buscar respuestas. Las fuerzas le flaqueaban. Apenas dormía y su vista se estaba deteriorando. Tras una de esas jornadas interminables entre libros, andaba de regreso a la parada del autobús por la calle Pergamino, con un paso lento y la espalda de nuevo encogida. Estaba pensando cómo resolver el embrollo cuando reparó en una diminuta librería de lance, cuyo aspecto viejo, con una decoración exterior de madera tallada, hacía intuir que llevaba allí toda la vida. 

La sorpresa le impulsó a entrar sin saber con qué fin. Un dependiente, con sus gafas apoyadas en la punta de la nariz, y diminutos ojos sitiados por las arrugas, le saludó con indiferencia para volver de inmediato a hundir su atención en un voluminoso libro, abierto cerca del final.

Con la libertad ofrecida, por omisión del librero, se dispuso a hurgar entre lomos de libros colocados a modo caótico, lo que le obligaba a contorsionar el cuello para leer los títulos sin tener que sacar los ejemplares. Quickly, que en su vida nunca tuvo la noción del tiempo, llevaba varias horas allí, cuando se topó con un título cautivador, El libro de las respuestas. Se trataba de un volumen de quinientas hojas tamaño folio con una tapa dura de terciopelo morado. Cuando lo liberó de entre el montón de obras que lo rodeaban se dio cuenta de su peso. Los flojos brazos cedieron al tenerlo en el aire pero reaccionó a tiempo evitando, a un palmo del suelo, que se precipitara sobre una polvorienta alfombra. Recuperando el aliento dejó el libro sobre una mesa cercana. Abrió la tapa y había una nota manuscrita: «para los buscadores que cien veces dejaron de creer pero siempre volvieron a confiar».

Pasó la página y se encontró con las Instrucciones. «Mire atentamente el contenido del capítulo I». Así lo hizo. La primera página estaba en blanco. Para su asombro, la siguiente hoja también estaba en blanco. Se humedeció el índice para agilizar el avance. Siguió y siguió. Todas estaban impolutas hasta la página 19, la última del capítulo que esta vez sí tenía algo escrito: «Si ha llegado hasta aquí y no ha entendido, deje de leer y vuelva otra vez al principio del capítulo»

Regresó a la página inicial, dedicándole más tiempo, estudiando cada hoja al trasluz y procediendo de la forma que Conan Doyle confería a Holmes. Pero nada. Llegó otra vez a la página 19, hastiado, para seguir la lectura por donde la había dejado. «Si tras esta segunda vez ha captado el mensaje, avance de capítulo. De lo contrario, vuelva a intentarlo».

Desesperado y blasfemando, respetó la consigna, pero terminó de nuevo con un intento fallido. Retomó la lectura de esa última página del capítulo, enojado, deteniéndose en cada palabra para controlar su ira. «Siga avanzando en cualquier caso». Esa indulgencia del autor le molestó más todavía. Si de todas formas iba a continuar, «¿Para qué me han hecho repetir el capítulo?» Musitó para no turbar la lectura del dependiente. Pasó página, y ante él, algo que le sorprendió por lo inusual: ocupando casi toda la superficie había un espejo real, lo que justificaba parte del peso del mamotreto. Al pie del mismo, la siguiente frase:

«Mire la imagen hasta su desintegración. Cuando ocurra vuelva al capítulo I».

Decidió detenerse y se acercó al librero para hablar con él.

—Me lo llevo. ¿Cuánto cuesta?

—No está a la venta, joven. Lléveselo con el compromiso de devolverlo después de la luna llena.

—¿Por qué luna llena?

—Es el mejor momento para sacarle todo el jugo.

—¿Sacarle jugo? ¡Pero si está en blanco!

—Usted es quien quería comprarlo hace unos segundos —respondió el hombre, con una media sonrisa dibujada por su aguda observación. 

—De acuerdo. Se lo traeré tras la luna llena.

Cuando llegó el punto culminante del ciclo lunar, una semana después del episodio de la librería, se sentó en el sillón de lectura de la buhardilla, aprovechando que todos dormían en casa. Abrió el libro por el capítulo II y se quedó contemplando su rostro. Al principio no vio más que una cara conocida, saltando la vista de un ojo a otro. Observó detalles en los que jamás había reparado. Aunque le parecía absurdo el ejercicio, mantuvo la calma el tiempo necesario hasta que pasó algo. De repente, el rostro ya no era el suyo. Se sentía observado por alguien que lo miraba y jugaba a imitarlo. Sintió desasosiego. Se le encogió el estómago. Siguió concentrándose en lo que veía, tratando de atemperar las emociones. Fijó su atención en las dos pupilas. En un primer momento no pudo ver las dos a la vez, y eso le frustraba. Forzó de forma antinatural la vista para abarcar esos dos círculos negros hasta que se le nubló la imagen, desenfocándose, y todo quedó difuminado. Tuvo que cerrar los ojos unos segundos para recuperarse del esfuerzo. Cuando por fin los abrió, muy despacio, lo vio o, mejor dicho, se vio. El espejo devolvía lo más profundo de su ser. Una belleza indescriptible, algo que las palabras no podían definir. Tan solo había certeza. En ese instante, supo la razón de la lentitud que le sometía desde su nacimiento, que venía de una vida anterior, y la sanó al momento. Recordó su nombre y decidió recuperarlo a toda costa.

Entendió que había completado el ejercicio. 

Volvió al inicio del capítulo I y vio con asombro que había letras donde antes dominaba el vacío. «Cuando pueda leer ya estará preparado para obtener todas las respuestas. Este libro le devolverá lo que le pertenece. La sabiduría que heredó de la Fuente está aquí para que ilumine a los que aún no saben, sin dejar que se apeguen a su luz. Tan solo pregunte y, de inmediato, sabrá la verdad que hay detrás». Maravillado, quiso hacer la prueba. Cerró el libro un momento.

—Me niego a pensar que en ningún libro se refleje esa verdad. ¿Cómo puedo aprender a discriminarlo? —y tras lanzar la cuestión abrió el libro.

«La característica de la verdad es que es inmutable. Aquello que cambia no es la verdad. Si en algún momento cree necesario consultar alguna obra escrita plantéese desde dónde está analizando. Cuanto uno se separa más del objeto, cuanto más se eleva, es capaz de ver más porciones de esa verdad. Es una estrategia fácil, como fácil es su olvido». 

Y de este modo, Sergio fue aprendiendo a no necesitar la frase correcta de algún autor inspirado; ya no tuvo que reflejar nunca más la luz de otro porque reconoció la suya propia para irradiarla por sí mismo. Y en adelante se marcó como propósito ayudar a los demás a ser los protagonistas de sus propias vidas.

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE X

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XI

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XII

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XIII

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XIV

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XV

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XVI

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XVII

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XVIII

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XIX

LA MAGIA DE LOS LIBROS • PARTE XX